domingo, 5 de abril de 2015

IMAGEN vs. PALABRA


GRANDES PENSAMIENTOS


VIAJE ALUCINANTE


Las 20:30. Volvía de mi jornada de trabajo, como todos los días. Y como todos los días, me encontraba esperando el autobús en la parada. Lloviznaba, pero gracias a la marquesina, al menos no llegaría empapada a casa. Afortunadamente, el número de personas que esperaban allí mismo era mínimo.
Frente a mí, circulaban gran cantidad de vehículos, pero ninguno de ellos era el autobús que yo esperaba.
Al cabo de unos diez minutos, y tras dejar pasar los amarillos, los verdes y los azules, por fin, uno rojo se aproximó hasta mi parada y tras comprobar que era el mío, se detuvo al hacerle la señal.
Al abrirse las puertas automáticas delanteras, las de entrada, apareció ante mí un conductor un tanto extraño. Vestía con el uniforme habitual, camisa blanca a rayas rojas y pantalón gris, pero su aspecto no se correspondía al de un conductor de autobús. Llevaba el pelo a rastas, en mechones electrizados. Me recordó una fregona usada.
Sus ojos estaban vedados por gafas oscuras, al estilo John Lennon , y la boca, dejaba entrever unos dientes bastante desiguales y de un color ocre. No era muy agradable, pero yo tenía prisa por llegar a casa y no estaba dispuesta a esperar al siguiente autobús.
Cuando subí y miré al interior, me percaté que iba lleno. Todos los asientos estaban ocupados, excepto uno, precisamente el que circulaba de espaldas. Por suerte, me gustaba ese asiento.
Después de saludar educadamente al estrafalario conductor, que me correspondió con una sonrisa, mostrándome aún más sus amarillentos dientes, pasé la tarjeta y ocupé el asiento libre.
El autobús reanudó su marcha. Me esperaban unos veinticinco minutos, si todo iba bien, hasta la parada, a dos calles de mi casa, así que apoyé la cabeza en el cristal y me dispuse a dejar pasar el tiempo.
Durante no más de un par de segundos, descansé mis párpados, y al volver a abrirlos, me encontré en un vagón de una montaña rusa, a toda velocidad. No daba crédito a aquello, pero era tan real que intenté darme la vuelta en el asiento, ya que iba de espaldas. Cuando lo conseguí, miré a mi alrededor, en la medida que la fuerza del aire me lo permitía. Todos los pasajeros gritaban, aunque no de pánico, todo lo contrario, estaban disfrutando de lo lindo. Los había con los brazos en alto, dejando escapar un fenomenal aullido, y otros, simplemente con una sonrisa de oreja a oreja.
No entendía qué estaba sucediendo. Me incliné para cerciorarme de que aquel peculiar conductor seguía allí delante, y, efectivamente, así era. Volvió su cara para mirarme, se bajó las gafas con su mano derecha, mostrándome unos ojos enormes y azules, y me hizo un sarcástico guiño.
El vagón ascendía sin cesar, hasta que llegó al punto más alto. Se detuvo. Y dio comienzo la bajada, casi vertical. Noté cómo me despegaba del asiento, únicamente me sostenía con las manos en la barra del respaldo. Sudaba, y las manos empezaron a resbalar. La velocidad era extrema. No podía sujetarme. Los brazos me dolían y sentía punzadas en los dedos, que cada vez se agarraban más débilmente a la barra.
Y seguíamos cayendo, hasta, que , de repente, dejé de notar el hierro bajo mis manos. Volaba. Caía. Quise gritar, pero no emití sonido alguno. La fuerza del aire empujaba mis gritos de nuevo al interior.
 Conseguí ver al conductor que, sonriendo maliciosamente, me susurraba: “Ya estamos…, ya estamos…”. Pero yo seguía elevándome por encima de todos. No quise mirar. Mi caída era inminente.
Cuando reaccioné, volvía a estar en el autobús. El conductor estaba a mi lado. Todos me observaban.
-Ya estamos. Ésta es tu parada.
Efectivamente, lo era. Estaba en casa. Me levanté y apenas murmuré unas palabras de agradecimiento. Una vez en la calle, volví mi mirada perpleja hacia el autobús, que ya cerraba las puertas. Allí sentado, el conductor me miraba burlonamente, se bajó las gafas otra vez y , dejándome ver aquellos enormes ojos, me hizo de nuevo un guiño. Luego, puso en marcha el autobús y continuó su ruta.
Miré mi reloj. Las 20:30. La misma hora .Ni un solo minuto más. ¿Realmente me sucedió todo aquello?
Con esa gran duda y notándome aún el corazón exaltado me encaminé hacia casa. Decidí no volver a pensar en ello.
 


 
 
 

domingo, 15 de marzo de 2015

ENTRADA PROHIBIDA


 Llamó a su puerta repetidas veces, pero, al parecer, aquella puerta encarnada que, tiempo atrás estuvo abierta, ahora estaba completamente cerrada.
Por muchas veces que se acercó confiado, y por innumerables llamadas que realizó, aquella entrada a lo más profundo de los sentimientos, le vedaba su paso.
Él, un triste y solitario proyecto de quién sabe qué, se sintió condenado a esa incertidumbre, sin oportunidad alguna de conocer, sin la merecida recompensa que le brindase una respuesta a su inquietud, sin ocasión de poder asomarse y comprobar lo que vivía al otro lado.
Aquella puerta, sellada ahora, compañera en los cálidos días y  largas noches, dónde, arrodillado suplicaba tan sólo una rendija, una insignificante abertura, por dónde deslizarse y poder descubrir la magnitud de su interior. Aquella puerta, firme en sus convicciones, sensata hasta la saciedad, racional en desmesura, le negaba todo atisbo de ilusión, de un “quizá”, de un sueño.
Resignado, decepcionado, quizás cansado, se alejó. Dejó atrás la puerta, no sin antes escribir una nota, sujeta con una simple chincheta a la encarnada barrera.

“Si aún te preguntas el porqué de mi persistencia, piensa que una de las pocas certezas en la vida es querer conocer aquello que realmente  crees que merece la pena” .


IMAGEN vs. PALABRA


GRANDES PENSAMIENTOS


HAMBRE

Hacía días que no comía,
El trabajo era su obsesión,
Sus tripas como leones rugían,
Pero continuaba con su afición.

Su estómago, sustento suplicaba,
Sus músculos, proteínas, por Diós,
Los intestinos, de hambruna saltaban,
Todo el cuerpo preparaba una rebelión.

Células y órganos idearon una revuelta,
Todos a una, incluido el corazón.
Lástima, el hombre no estaba alerta,
Y tarde era ya cuando se percató.

Tras una discutida asamblea,
Decidieron calmar su necesidad,
Y aunque la cosa pintaba muy fea,
Lo que primaba era tragar.

Empezaron poquito a poco,
Para a su amo poder despistar
Pero, en seguida, se volvió como loco,
Cuando aquella comezón empezó a notar.

Todas las células a ritmo tragaban,
Sus necesidades habían de cubrir,
Por todas partes mordiscos le daban,
Era un dolor difícil de resistir.

En un par de horas, todo era finito,
El hambre es muy mala, ya lo digo yo.
El gran hombre antes, se quedó en hombrecito,

Y, por arte de magia, todo entero, desapareció.



jueves, 5 de marzo de 2015

GRANDES PENSAMIENTOS


SE QUEDÓ DE PIEDRA


Trabajaba en un laboratorio. Solía analizar las aguas de diferentes lugares, para determinar su potabilidad o contaminación en su caso. Paralelamente gustaba de probar la mezcla de nuevas sustancias, observar su efecto sobre diferentes reactivos.
En aquel momento, en el  que su trabajo remunerado gozaba de un descanso, mientras unas muestras unas muestras tomaban cuerpo en un nebulizador, se permitió el lujo de jugar con unas disoluciones que, desde hacía algún tiempo, mezclaba, oxigenaba, congelaba, y quién sabe cuántas operaciones más.
Una de estas disoluciones, resultó de un color verde-violáceo, con características algo peculiares, hecho que contradijo las expectativas que se había forjado, ya que sus efectos parecían ser otros. Él esperaba un azulado en vez de ese color que había surgido sin consultarle.
Intentó por todos los medios, modificar aquella tonalidad que tanto le contrariaba. Daba por hecho que aquel color no produciría los resultados que pretendía, así que debía cambiarlo de inmediato.
Extrajo muestras, las observó minuciosamente, las analizó, las homogeneizó. Realizó de nuevo la combinación, pero el resultado volvió a ser el mismo.
Se enfadó consigo mismo, de tal manera que, al obtener aquel color otra vez, dio tal golpe en la mesa que salpicó todo el líquido por encima de la mesa, como si de lluvia se tratase. Y algunas gotas de aquello, alilado, le cayeron en sus zapatos de piel de cocodrilo. No le dio importancia y siguió probando.
Al cabo de un buen rato, y sin conseguir cambiar su propósito, se sintió cansado y decidió volver a intentarlo al día siguiente. Le dolían las piernas de estar de pie. Y los pies, apenas los sentía, seguramente se le habían dormido. No tardaría en notar el típico y punzante hormigueo característico, al volver a circular la sangre con completa normalidad. Sólo debía mover sus piernas, cambiar de posición.
Decidió que iría a descansar un poco al sillón del fondo del laboratorio, aquel destartalado asiento de hacía más de veinte años, pero que tenía que reconocer que era muy cómodo.
Le costó vida y milagros desplazarse hasta allí. El grado de adormecimiento de sus extremidades inferiores era total. Apenas tenía constancia de que poseía pies y piernas.
Se recostó en el sillón y cayó en un letargo bastante reconfortante, que duró un par de horas.
Al despertar, se sintió bien. Ya no le dolía nada. Agradeció aquel descanso y pensó en volver a su trabajo, mas no consiguió levantarse del sillón.
Sorprendentemente tampoco logró moverse, ni un solo músculo de su cuerpo se desplazó ni un milímetro.
Se asustó considerablemente, pero le duró un instante. Pasado este gran susto, sus pensamientos se endurecieron como el resto de su ser. Y dejaron de existir. Daba la sensación que la Gorgona Medusa , en forma de brebaje, hizo uso de todo su poder.
En unas horas, entraron sus dos compañeros de laboratorio. Se extrañaron al no encontrarle trabajando. Se preguntaron cuáles debían ser sus investigaciones al descubrir numerosas piedrecitas salpicadas sobre la mesa, y rieron cómicamente al ver aquella estatua, también de piedra, con expresión de sorpresa, recostada en el sillón.

Pensaron que el sentido del humor de su ausente compañero, al dejarla allí, no tenía límite. Y se dispusieron a reanudar su trabajo, olvidándose al instante de ello.


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GRANDES PENSAMIENTOS


miércoles, 21 de enero de 2015

ENAJENACIÓN EXTRASENSORIAL


Es un día como pocos, después de una temporada de ajetreo laboral, a pesar de haber vuelto hace tan sólo poco más de una semana al trabajo, tras las vacaciones navideñas. Un nuevo año, montones de típicos y tópicos nuevos propósitos, de los cuales, probablemente sólo uno o dos se harán realidad. Como novedades, nuevas inquietudes, nuevas amistades, quizás nuevas ilusiones en algunos aspectos de su vida y, cómo no, alguna que otra decepción, aflicción y despedida.

Sentada en el asiento del copiloto de su coche, bajo sus gafas de sol, mira melancólica hacia arriba, al sol. Brilla como hacía tiempo no lo había visto. O quizás eso se imagina. El cielo, totalmente despejado, de un azul perfecto, nítido y brillante, hasta el punto de prohibir la aparición de cualquier nubecilla atrevida. Tan sólo el astro y una inmensidad azul celeste.

La cabeza, totalmente apoyada en el respaldo. De fondo, Katy Perry, con su "Unconditionally"… y…, de repente se activa un resorte, oculto quién sabe dónde.

Siente unas ganas terribles de viajar sin rumbo. Inmediatamente se le viene a la mente una idea que, hacía unos días, había compartido con un amigo. Viajar sin principio ni final, encima de una moto, agarrarse al piloto y dejarse llevar, no importa dónde, no importa cuándo, no importa por qué, no importa cuánto pueda durar el trayecto. Sentir el aire contra su cuerpo, cerrar los ojos, soñar. Notar la velocidad, el balanceo y las imperfecciones de la calzada, a 150 por hora, por una carretera sin fin.

Le gustaría no tener nada en qué pensar. No depender de nadie. Que nadie dependa de ella. Se atreve incluso a pensar fugazmente en cómo sería escaparse y olvidarse de todo, renacer de cero. Pero ese pensamiento lo  descarta de inmediato. Y se siente culpable por permitirse siquiera dejarlo asomar a su mente.

Desea con unas ganas enormes no pertenecer a este mundo, desea demasiado fuerte ser un alma libre, como las de aquellos indios salvajes que dicen cosas semejantes en las películas de vaqueros. Desea, aunque al mismo tiempo sabe, que no puede hacer realidad esos deseos.

Ese anhelo le inunda, le sobrepasa, hasta transformarse en una impotencia palpable, que le brota por todos los poros de su piel.

"She walks like Rihanna" de The Wanted, un grupo musical que le gusta, hace que esa sensación aumente a un doscientos por ciento. La música siempre le ha afectado más de lo normal.

Sabe, con demasiada certeza que todo lo que en esos instantes está pasando por su cabeza, se va a quedar en un mero sueño, en un simple deseo, en una sencilla e imposible quimera que se le escapa entre los dedos. Se siente pequeña, triste y, quizás se atrevería a calificar como resignada.

-Qué elegantes son los Audi…. - de repente dice una voz a su lado. -¿No te gustan?

- Yo lo que quiero es un coche para mí sola.

La cara del acompañante es un cuadro. No esperaba esa respuesta.

-¿Y para qué quieres tú un coche para ti sola?- indaga con curiosidad.

-Para viajar, para irme a ver mundo, para perderme….

-¿Sin mí?- suena preocupado y curioso.

A decir verdad, esa pregunta la deja sin palabras. Ni siquiera ha pensado en ningún tipo de compañía. En esos instantes no necesita a nadie. En esos momentos sólo se necesita a sí misma, consigo misma.

-A veces creo que necesito hacer ciertas cosas sola-  intenta responder sin ánimo de herir a nadie.

Silencio, de nuevo. "War zone" de One Direction, ahora en el aparato de música.

El sol sigue brillando, el mismo sentimiento sigue en el aire.

-Estos días tan bonitos…. Me ponen triste- afirma poniendo palabras a sus pensamientos. -  Me dan ganas de hacer tantas cosas…..

Se sorprende con unas ganas enormes de gritar, y, descubre que una lágrima ha asomado sin pretenderlo.

-¿También te dan ganas de llorar?- pregunta sin saber que realmente eso es lo que está sucediendo.

-Sí. -es lo único que se atreve a decir.

Y, de nuevo, vuelve a sumirse en esos pensamientos.