"Que nunca te falte un proyecto que realizar, algo que aprender, un lugar a dónde ir... y alguien a quién amar".
martes, 15 de septiembre de 2015
ENTRADA A OTRO LUGAR
Paseando por el campo
Sin quererlo, tropecé.
Por poco, casi me
estampo,
Contra un árbol, y de un barranco
De puro milagro, me
salvé.Al recogerme del suelo,
Por curiosidad indagué.
No había ni un caramelo,
Ni piedras, ni un solo pelo,
¿Entonces, con qué choqué?
Mas en el suelo no estaba,
A media altura flotaba,
Y quise saber por qué.
Con mis manos palpé el
vacío
Hasta que un algo toqué.Era una superficie dura
Que, más allá de la cordura,
Contra lo posible, identifiqué.
“Es como un anillo”,
pensé.
Al introducir mi manoNo tuve que esperar en vano,
Porque sin extremidad, me quedé.
Suerte que haciendo movimiento inverso
Me vi de nuevo totalmente ileso
Y mis dedos recuperé.
“Stargate” tenía por título,
“Puerta estelar”, nada ridículo.
Y en el campo yo la encontré.
Pero la oferta era tentadora,
No iba a perder tiempo ahora,
Y la decisión de irme, tomé.
Ante aquella puerta transparente
Me planté frente a frente,
Y hacia ella me encaminé.
El viaje no fue nada largo,
Y tampoco fue tan amargo.
Y en otra dimensión me hallé.
Son tema de otra historia
De grandes penas y grandes glorias
Que en otra ocasión, relataré.
CUIDADO CON LO QUE DICES....
Amenazaba siempre con
hacer tragar las palabras a todo aquel que le contestaba de un modo que a él le
disgustaba. Esa amenaza, cada vez más frecuente, topó un día con un viejo
vagabundo, que casualmente se interpuso en su camino.
O quizás no.
Salía del supermercado,
cargado de bolsas, en las dos manos, e incluso abrazaba un par más, a riesgo de
esparcir su contenido por el suelo del aparcamiento.
No le vio.
Y chocó con él.
Las bolsas fueron al
suelo directamente, rompiéndose un par de botellas, una docena de huevos y un
paquete de harina.
El vagabundo le increpó,
añadiendo que debía tener más cuidado o atropellaría a alguien más.
Estas palabras le
ofendieron y, una vez más, como ya venía siendo costumbre, le amenazó con
hacerle tragar sus palabras.
El indigente, ni corto ni
perezoso, simplemente le contestó:
-Cuidado, no vaya a
volverse contra ti.
No le entendió, y siguió
recogiendo lo que había derramado.
Al volver a casa,
justamente al salir del coche, su perro Spike salió a su encuentro. Como
siempre, se dispuso a saludarle con un “Hola Spike”, pero en vez de eso, se
notó algo en la boca, y no tuvo más remedio que hacerlo pasar cuello abajo,
para recuperar el resuello. Inmediatamente después, no fue capaz de pronunciar
esas dos palabras de saludo a su perro. Incomprensiblemente, no consiguió
emitirlas.
Más tarde, al ir a
contestar a una llamada telefónica, todo lo que pretendía pronunciar, se le
convertía en una bola pastosa que se veía obligado a tragar para no ahogarse.
Y lo mismo sucedió cuando
la vecina llamó a su puerta para preguntarle algo sobre su coche. De nuevo
aquel cúmulo de “algo” se interpuso entre él y sus palabras, y una vez más hubo de tragarlo.
No volvió a decir una
palabra. Todas se las tragó.
sábado, 12 de septiembre de 2015
GANAS DE TI
Hoy tengo ganas de ti, y no, no me refiero al título de
aquella canción de antes, de no sé que cantante.
Esta mañana me apetece pensarte. Imaginarte a mi lado. Me
apetece sentir tus manos sobre mi piel. Desnudos en una cama sin fin. Simplemente
con el tacto de las sabanas que nos envuelven. Quiero cerrar los ojos y pensar
que estás a milímetros de mí. Cuerpo contra cuerpo. Tus labios en mi cuello.
Llevándome a eses punto sin retorno. Susurrándome sin cesar, provocando sin
prisa, que el deseo aumente
progresivamente, que anhele tu cuerpo, aún más cerca, que suplique a tus manos
que recorran centímetro a centímetro mi piel, que tu boca encuentre la mía y no
se conforme únicamente con mis labios. Que me seduzca apasionadamente,
sensualmente.
Hoy me apetece provocarte. Despertar tus instintos, y sacar
a ese Grey. Hoy quiero ser tu Anastasia.
Permitirte uno de tus juegos, dejar que me eleves, que me transportes,
que me conduzcas a tu terreno. Porque de esa manera, en realidad soy yo la que
te llevo al mío. Me apetece volverte loco, sentir que sobrepaso tus
expectativas, sorprenderte y descontrolarte. Notar que te supera, que te
desespera, que no puedes evitarlo, que no quieres evitarlo. Pasar a ser la que
manda, la que controla el momento. La que te obliga misteriosamente a no poder
permanecer quieto. Sin vedarte el paso. Sin
restricciones, sin apartar las manos. Sin límites. Quiero que nos
poseamos mutuamente. Que nos demos el uno al otro. Que nos entreguemos en
cuerpo y alma.
Hoy me apetece que vivamos ese instante, que lo mantengamos
vivo. Que perdure más a allá de todo tiempo.
Me gustaría que estuvieras ahora mismo junto a mi. Me gustaría
que ahora mismo sintieras todo esto.
Sí. Hoy tengo ganas de ti.
UNA ABERTURA A LA SUPERVIVENCIA
Abrí los ojos. De
repente, aquel sueño tan maravilloso en el que todo parecía ir bien, dio paso a
la cruda realidad. Momentáneamente, el penetrante taladro había cesado. Quizás
esa fue la razón del sobresalto, poder oír de nuevo el silencio.
Permanecí inmóvil, apenas
pestañeando, apenas respirando, intentando escuchar el más mínimo resquicio del
constante avanzar de las máquinas, en el exterior, a escasos metros de dónde yo
me encontraba.
Aún no entendía cómo me
había dormido, cómo podía haber conciliado el sueño en semejante situación,
pero llevaba demasiadas horas despierto y el cansancio me había vencido.
Calculé que quizás había estado descansando no más de una hora, por lo que el
avance de las máquinas había progresado una puerta.
Ya sólo nos quedaban dos.
En cuestión de minutos
nos percatamos que la única barrera entre los seis supervivientes y el dominio
de la inteligencia artificial recaía en una puerta metálica y blindada de no
más de cinco centímetros de grosor, que acabaría por caer en breves momentos.
Nos miramos los unos a
los otros, mientras los puntos incandescentes, cada vez de mayor tamaño, en la
puerta, aumentaban y aumentaban, dando paso a una marabunta de máquinas de todo
tipo y dimensión, deseosa de penetrar, en ardiente fervor de erradicar el
último vestigio de la raza humana sobre la faz de la Tierra.
Todo fue repentino. Nos
abrazamos en un rincón, sin apenas mirar cómo la gran avalancha cibernética
entraba en el recinto y se dirigía a gran velocidad hacia nosotros.
Intenté no pensar, me
propuse evadirme de aquel lugar, y llegué a un estado de concentración
desconocido, desproporcionado. Sentí, aún sin verlo, una especie de aureola
rodeando todo mi cuerpo. Noté cómo irradiaba energía, en términos insospechados,
en potencia desorbitante, en emanación
continua.
Esos segundos entre la
vida y la muerte parecían alargarse más de lo esperado. Después de un estruendo
inexplicable, me atreví a dirigir la mirada hacia, posiblemente, mi última
visión.
¿Existen los milagros?
Aún no entiendo lo ocurrido. Todo el suelo estaba plagado de mecanismos
inconcebiblemente fuera de combate, desactivados, “out of order”. Y en aquel
rincón, todavía sin creerlo, nosotros, seis personas, tres mujeres, dos hombres
y un niño, con gran perplejidad, pero con el sentimiento de victoria, de haber
renacido a un nuevo mundo, probablemente sin máquinas, y con un futuro posible,
en el que perpetuar, de nuevo, la humanidad.
domingo, 12 de abril de 2015
domingo, 5 de abril de 2015
VIAJE ALUCINANTE
Las 20:30. Volvía de mi
jornada de trabajo, como todos los días. Y como todos los días, me encontraba
esperando el autobús en la parada. Lloviznaba, pero gracias a la marquesina, al
menos no llegaría empapada a casa. Afortunadamente, el número de personas que
esperaban allí mismo era mínimo.
Frente a mí, circulaban
gran cantidad de vehículos, pero ninguno de ellos era el autobús que yo
esperaba.
Al cabo de unos diez
minutos, y tras dejar pasar los amarillos, los verdes y los azules, por fin,
uno rojo se aproximó hasta mi parada y tras comprobar que era el mío, se detuvo
al hacerle la señal.
Al abrirse las puertas
automáticas delanteras, las de entrada, apareció ante mí un conductor un tanto
extraño. Vestía con el uniforme habitual, camisa blanca a rayas rojas y
pantalón gris, pero su aspecto no se correspondía al de un conductor de
autobús. Llevaba el pelo a rastas, en mechones electrizados. Me recordó una
fregona usada.
Sus ojos estaban vedados
por gafas oscuras, al estilo John Lennon , y la boca, dejaba entrever unos
dientes bastante desiguales y de un color ocre. No era muy agradable, pero yo
tenía prisa por llegar a casa y no estaba dispuesta a esperar al siguiente
autobús.
Cuando subí y miré al
interior, me percaté que iba lleno. Todos los asientos estaban ocupados,
excepto uno, precisamente el que circulaba de espaldas. Por suerte, me gustaba
ese asiento.
Después de saludar
educadamente al estrafalario conductor, que me correspondió con una sonrisa,
mostrándome aún más sus amarillentos dientes, pasé la tarjeta y ocupé el
asiento libre.
El autobús reanudó su
marcha. Me esperaban unos veinticinco minutos, si todo iba bien, hasta la
parada, a dos calles de mi casa, así que apoyé la cabeza en el cristal y me
dispuse a dejar pasar el tiempo.
Durante no más de un par
de segundos, descansé mis párpados, y al volver a abrirlos, me encontré en un
vagón de una montaña rusa, a toda velocidad. No daba crédito a aquello, pero
era tan real que intenté darme la vuelta en el asiento, ya que iba de espaldas.
Cuando lo conseguí, miré a mi alrededor, en la medida que la fuerza del aire me
lo permitía. Todos los pasajeros gritaban, aunque no de pánico, todo lo
contrario, estaban disfrutando de lo lindo. Los había con los brazos en alto,
dejando escapar un fenomenal aullido, y otros, simplemente con una sonrisa de
oreja a oreja.
No entendía qué estaba
sucediendo. Me incliné para cerciorarme de que aquel peculiar conductor seguía
allí delante, y, efectivamente, así era. Volvió su cara para mirarme, se bajó
las gafas con su mano derecha, mostrándome unos ojos enormes y azules, y me
hizo un sarcástico guiño.
El vagón ascendía sin
cesar, hasta que llegó al punto más alto. Se detuvo. Y dio comienzo la bajada,
casi vertical. Noté cómo me despegaba del asiento, únicamente me sostenía con
las manos en la barra del respaldo. Sudaba, y las manos empezaron a resbalar.
La velocidad era extrema. No podía sujetarme. Los brazos me dolían y sentía
punzadas en los dedos, que cada vez se agarraban más débilmente a la barra.
Y seguíamos cayendo,
hasta, que , de repente, dejé de notar el hierro bajo mis manos. Volaba. Caía.
Quise gritar, pero no emití sonido alguno. La fuerza del aire empujaba mis
gritos de nuevo al interior.
Conseguí ver al conductor que, sonriendo
maliciosamente, me susurraba: “Ya estamos…, ya estamos…”. Pero yo seguía
elevándome por encima de todos. No quise mirar. Mi caída era inminente.
Cuando reaccioné, volvía
a estar en el autobús. El conductor estaba a mi lado. Todos me observaban.
-Ya estamos. Ésta es tu
parada.
Efectivamente, lo era.
Estaba en casa. Me levanté y apenas murmuré unas palabras de agradecimiento.
Una vez en la calle, volví mi mirada perpleja hacia el autobús, que ya cerraba
las puertas. Allí sentado, el conductor me miraba burlonamente, se bajó las
gafas otra vez y , dejándome ver aquellos enormes ojos, me hizo de nuevo un
guiño. Luego, puso en marcha el autobús y continuó su ruta.
Miré mi reloj. Las 20:30.
La misma hora .Ni un solo minuto más. ¿Realmente me sucedió todo aquello?
Con esa gran duda y
notándome aún el corazón exaltado me encaminé hacia casa. Decidí no volver a
pensar en ello.
sábado, 4 de abril de 2015
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