"Que nunca te falte un proyecto que realizar, algo que aprender, un lugar a dónde ir... y alguien a quién amar".
domingo, 12 de abril de 2015
domingo, 5 de abril de 2015
VIAJE ALUCINANTE
Las 20:30. Volvía de mi
jornada de trabajo, como todos los días. Y como todos los días, me encontraba
esperando el autobús en la parada. Lloviznaba, pero gracias a la marquesina, al
menos no llegaría empapada a casa. Afortunadamente, el número de personas que
esperaban allí mismo era mínimo.
Frente a mí, circulaban
gran cantidad de vehículos, pero ninguno de ellos era el autobús que yo
esperaba.
Al cabo de unos diez
minutos, y tras dejar pasar los amarillos, los verdes y los azules, por fin,
uno rojo se aproximó hasta mi parada y tras comprobar que era el mío, se detuvo
al hacerle la señal.
Al abrirse las puertas
automáticas delanteras, las de entrada, apareció ante mí un conductor un tanto
extraño. Vestía con el uniforme habitual, camisa blanca a rayas rojas y
pantalón gris, pero su aspecto no se correspondía al de un conductor de
autobús. Llevaba el pelo a rastas, en mechones electrizados. Me recordó una
fregona usada.
Sus ojos estaban vedados
por gafas oscuras, al estilo John Lennon , y la boca, dejaba entrever unos
dientes bastante desiguales y de un color ocre. No era muy agradable, pero yo
tenía prisa por llegar a casa y no estaba dispuesta a esperar al siguiente
autobús.
Cuando subí y miré al
interior, me percaté que iba lleno. Todos los asientos estaban ocupados,
excepto uno, precisamente el que circulaba de espaldas. Por suerte, me gustaba
ese asiento.
Después de saludar
educadamente al estrafalario conductor, que me correspondió con una sonrisa,
mostrándome aún más sus amarillentos dientes, pasé la tarjeta y ocupé el
asiento libre.
El autobús reanudó su
marcha. Me esperaban unos veinticinco minutos, si todo iba bien, hasta la
parada, a dos calles de mi casa, así que apoyé la cabeza en el cristal y me
dispuse a dejar pasar el tiempo.
Durante no más de un par
de segundos, descansé mis párpados, y al volver a abrirlos, me encontré en un
vagón de una montaña rusa, a toda velocidad. No daba crédito a aquello, pero
era tan real que intenté darme la vuelta en el asiento, ya que iba de espaldas.
Cuando lo conseguí, miré a mi alrededor, en la medida que la fuerza del aire me
lo permitía. Todos los pasajeros gritaban, aunque no de pánico, todo lo
contrario, estaban disfrutando de lo lindo. Los había con los brazos en alto,
dejando escapar un fenomenal aullido, y otros, simplemente con una sonrisa de
oreja a oreja.
No entendía qué estaba
sucediendo. Me incliné para cerciorarme de que aquel peculiar conductor seguía
allí delante, y, efectivamente, así era. Volvió su cara para mirarme, se bajó
las gafas con su mano derecha, mostrándome unos ojos enormes y azules, y me
hizo un sarcástico guiño.
El vagón ascendía sin
cesar, hasta que llegó al punto más alto. Se detuvo. Y dio comienzo la bajada,
casi vertical. Noté cómo me despegaba del asiento, únicamente me sostenía con
las manos en la barra del respaldo. Sudaba, y las manos empezaron a resbalar.
La velocidad era extrema. No podía sujetarme. Los brazos me dolían y sentía
punzadas en los dedos, que cada vez se agarraban más débilmente a la barra.
Y seguíamos cayendo,
hasta, que , de repente, dejé de notar el hierro bajo mis manos. Volaba. Caía.
Quise gritar, pero no emití sonido alguno. La fuerza del aire empujaba mis
gritos de nuevo al interior.
Conseguí ver al conductor que, sonriendo
maliciosamente, me susurraba: “Ya estamos…, ya estamos…”. Pero yo seguía
elevándome por encima de todos. No quise mirar. Mi caída era inminente.
Cuando reaccioné, volvía
a estar en el autobús. El conductor estaba a mi lado. Todos me observaban.
-Ya estamos. Ésta es tu
parada.
Efectivamente, lo era.
Estaba en casa. Me levanté y apenas murmuré unas palabras de agradecimiento.
Una vez en la calle, volví mi mirada perpleja hacia el autobús, que ya cerraba
las puertas. Allí sentado, el conductor me miraba burlonamente, se bajó las
gafas otra vez y , dejándome ver aquellos enormes ojos, me hizo de nuevo un
guiño. Luego, puso en marcha el autobús y continuó su ruta.
Miré mi reloj. Las 20:30.
La misma hora .Ni un solo minuto más. ¿Realmente me sucedió todo aquello?
Con esa gran duda y
notándome aún el corazón exaltado me encaminé hacia casa. Decidí no volver a
pensar en ello.
sábado, 4 de abril de 2015
domingo, 15 de marzo de 2015
ENTRADA PROHIBIDA
Por muchas veces que se
acercó confiado, y por innumerables llamadas que realizó, aquella entrada a lo
más profundo de los sentimientos, le vedaba su paso.
Él, un triste y solitario
proyecto de quién sabe qué, se sintió condenado a esa incertidumbre, sin
oportunidad alguna de conocer, sin la merecida recompensa que le brindase una
respuesta a su inquietud, sin ocasión de poder asomarse y comprobar lo que
vivía al otro lado.
Aquella puerta, sellada
ahora, compañera en los cálidos días y
largas noches, dónde, arrodillado suplicaba tan sólo una rendija, una
insignificante abertura, por dónde deslizarse y poder descubrir la magnitud de
su interior. Aquella puerta, firme en sus convicciones, sensata hasta la
saciedad, racional en desmesura, le negaba todo atisbo de ilusión, de un
“quizá”, de un sueño.
Resignado, decepcionado,
quizás cansado, se alejó. Dejó atrás la puerta, no sin antes escribir una nota,
sujeta con una simple chincheta a la encarnada barrera.
“Si aún te preguntas el
porqué de mi persistencia, piensa que una de las pocas certezas en la vida es
querer conocer aquello que realmente crees
que merece la pena” .
HAMBRE
Hacía días que no comía,
El trabajo era su
obsesión,
Sus tripas como leones
rugían,
Pero continuaba con su
afición.
Su estómago, sustento
suplicaba,
Sus músculos, proteínas,
por Diós,
Los intestinos, de
hambruna saltaban,
Todo el cuerpo preparaba una
rebelión.
Células y órganos idearon
una revuelta,
Todos a una, incluido el
corazón.
Lástima, el hombre no
estaba alerta,
Y tarde era ya cuando se
percató.
Tras una discutida
asamblea,
Decidieron calmar su
necesidad,
Y aunque la cosa pintaba
muy fea,
Lo que primaba era
tragar.
Empezaron poquito a poco,
Para a su amo poder
despistar
Pero, en seguida, se
volvió como loco,
Cuando aquella comezón
empezó a notar.
Todas las células a ritmo
tragaban,
Sus necesidades habían de
cubrir,
Por todas partes mordiscos
le daban,
Era un dolor difícil de
resistir.
En un par de horas, todo
era finito,
El hambre es muy mala, ya
lo digo yo.
El gran hombre antes, se
quedó en hombrecito,
Y, por arte de magia,
todo entero, desapareció.
jueves, 5 de marzo de 2015
SE QUEDÓ DE PIEDRA
Trabajaba en un
laboratorio. Solía analizar las aguas de diferentes lugares, para determinar su
potabilidad o contaminación en su caso. Paralelamente gustaba de probar la
mezcla de nuevas sustancias, observar su efecto sobre diferentes reactivos.
En aquel momento,
en el que su trabajo remunerado gozaba
de un descanso, mientras unas muestras unas muestras tomaban cuerpo en un
nebulizador, se permitió el lujo de jugar con unas disoluciones que, desde
hacía algún tiempo, mezclaba, oxigenaba, congelaba, y quién sabe cuántas
operaciones más.
Una de estas
disoluciones, resultó de un color verde-violáceo, con características algo
peculiares, hecho que contradijo las expectativas que se había forjado, ya que
sus efectos parecían ser otros. Él esperaba un azulado en vez de ese color que
había surgido sin consultarle.
Intentó por todos
los medios, modificar aquella tonalidad que tanto le contrariaba. Daba por
hecho que aquel color no produciría los resultados que pretendía, así que debía
cambiarlo de inmediato.
Extrajo muestras,
las observó minuciosamente, las analizó, las homogeneizó. Realizó de nuevo la
combinación, pero el resultado volvió a ser el mismo.
Se enfadó consigo
mismo, de tal manera que, al obtener aquel color otra vez, dio tal golpe en la
mesa que salpicó todo el líquido por encima de la mesa, como si de lluvia se
tratase. Y algunas gotas de aquello, alilado, le cayeron en sus zapatos de piel
de cocodrilo. No le dio importancia y siguió probando.
Al cabo de un
buen rato, y sin conseguir cambiar su propósito, se sintió cansado y decidió
volver a intentarlo al día siguiente. Le dolían las piernas de estar de pie. Y
los pies, apenas los sentía, seguramente se le habían dormido. No tardaría en
notar el típico y punzante hormigueo característico, al volver a circular la
sangre con completa normalidad. Sólo debía mover sus piernas, cambiar de
posición.
Decidió que iría
a descansar un poco al sillón del fondo del laboratorio, aquel destartalado
asiento de hacía más de veinte años, pero que tenía que reconocer que era muy
cómodo.
Le costó vida y
milagros desplazarse hasta allí. El grado de adormecimiento de sus extremidades
inferiores era total. Apenas tenía constancia de que poseía pies y piernas.
Se recostó en el
sillón y cayó en un letargo bastante reconfortante, que duró un par de horas.
Al despertar, se
sintió bien. Ya no le dolía nada. Agradeció aquel descanso y pensó en volver a
su trabajo, mas no consiguió levantarse del sillón.
Sorprendentemente
tampoco logró moverse, ni un solo músculo de su cuerpo se desplazó ni un
milímetro.
Se asustó
considerablemente, pero le duró un instante. Pasado este gran susto, sus
pensamientos se endurecieron como el resto de su ser. Y dejaron de existir.
Daba la sensación que la
Gorgona Medusa , en forma de brebaje, hizo uso de todo su
poder.
En unas horas,
entraron sus dos compañeros de laboratorio. Se extrañaron al no encontrarle
trabajando. Se preguntaron cuáles debían ser sus investigaciones al descubrir
numerosas piedrecitas salpicadas sobre la mesa, y rieron cómicamente al ver
aquella estatua, también de piedra, con expresión de sorpresa, recostada en el
sillón.
Pensaron que el
sentido del humor de su ausente compañero, al dejarla allí, no tenía límite. Y
se dispusieron a reanudar su trabajo, olvidándose al instante de ello.
martes, 3 de marzo de 2015
viernes, 30 de enero de 2015
jueves, 29 de enero de 2015
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